domingo, 16 de marzo de 2008

Críticas "La Sonrisa de los Siervos"

Crítica de Alternativa Teatral


La (eterna) sonrisa de los siervos
11/12/2007 | Por Mónica Berman | Espectáculo La Sonrisa de los Siervos

Foto: Silvana Miyashiki

Existe algo de paradojal en el título de esta obra, y no porque en el orden de lo real los siervos (los sirvientes, la servidumbre) no puedan sonreír, sino porque habitualmente, en el orden del imaginario, no se los asocia a la sonrisa. Por el contrario, ¿quién se sorprendería frente a un sintagma que postulara “el sufrimiento de los siervos” o alguna frase equivalente?
Pero ahí está, no hay error. Entonces viene la siguiente pregunta: ¿sonríen porque tienen motivo de felicidad o como un signo inequívoco de su servil(idad)?
El transcurrir de la puesta nos hará inclinarnos hacia la segunda opción, de un modo absolutamente original.
Pero empecemos por el principio. Cuando uno entra a la sala de Espacio Cultural Urbano, donde se desarrolla la acción, lo primero que percibe es la madera. Es una primera impresión que uno tendrá posibilidad de confirmar prontamente. De la sensación del predominio de un material, pasamos a la comprobación, mientras el resto de los espectadores se acomoda. Empezamos a observar detalles: puertas (falsas puertas que no abren a ningún espacio) triplicadas en primer plano, desvencijadas puertas de madera, paredes de madera, algunos cajones de manzana. Luego se irá completando el panorama, sin cambiar de material.
Los personajes (no todos) están ahí, como si permanecieran desde siempre. Semiocultos, hacen su rutina. Así aparece la primera tematización del que sirve y está sin que su entrada haya provocado sobresalto. Sin hacer ruido, en un estar disponible. Un solo detalle quiebra este universo referencial: la música (ejecutada desde el principio y en el mismo escenario).
Un nuevo personaje hace su entrada. Viene a la escuela de siervos, aquellos que se preparan para trabajar como mayordomos, entrega todos sus ahorros, con la ilusión de que lo ayuden a convertirse en “un cero a la izquierda”.
Aunque la idea proviene de los escritos de Robert Walser, el trabajo de dramaturgia de Lucas Olmedo es excelente, del mismo modo que la dirección.
Es absolutamente notable esta puesta en primer plano, sin ironía, entendida literalmente, de lo que hay que hacer para servir a los otros, borrándose del mundo, mostrándose como un simple apéndice, sin vida propia, sin más objetivos que el estar al servicio de alguien.
Como en toda escuela, hay pupitres (de la más rústica madera), hay discursos, prohibiciones, ejercitación, recursos didácticos (un trapo para limpiar) y así sucesivamente.
Cada futuro mayordomo tiene su personalidad y sus obsesiones, pero el objetivo evidentemente es en común.
En esta escuela se enseña hasta la necesidad de espiar al otro, abertura mediante en una de las puertas de madera.
La decisión de poner un niño en escena enfatiza doblemente la situación de servidumbre, porque, si bien todos los aprendices están para servir, el niño es el que carga con lo que los otros no quieren hacer. La metáfora es absolutamente visible. El último de los servidores es pequeño, no puede protestar, y carga con lo que los demás eluden.
La obra tiene mucho humor, porque muestra lo que habitualmente se tiende a esconder debajo de la alfombra de manera descarada.
Todas las actuaciones son muy buenas, el trabajo con el espacio es fantástico, del mismo modo que el vestuario, la música y la iluminación.
La sonrisa de los siervos nos hace sonreír a nosotros, pero también nos hace reflexionar.


Crítica de "Crítica Teatral"

La sonrisa de los siervos
Servir para ser


En La sonrisa de los siervos, con dramaturgia y dirección de Lucas Olmedo, se aprecia como un mecanismo –que ya empieza a crujir- se aplica en la enseñanza del servilismo como forma de trascendencia, el servir para ser, para lograr la completitud. Eso trae concadenado la instalación en cada ser humano de la impostura: el lograr de a poco el arte de simular, de aparentar, para poder ser aceptado por el otro, para ganar la confianza del otro. Se observan como se transmiten rituales de iniciación, formas de comer, de servir, métodos para no oír ni hablar, hasta perder todo contorno de personalidad.
Quizá se muestre tan claramente esta idea porque la obra parte de escritos de Robert Walser (1878-1956) que en el camino de ser actor, se transformaría en instructor de mayordomos, para luego plasmar sus experiencias a través de la escritura.



Otras facetas de la pieza se detienen en resaltar la inutilidad de cualquier estrategia para evitar el ocaso; en la futilidad de lo ideales, y en apreciar el animal acomodaticio que es el ser humano.
El marco que elige, con acierto, el director Olmedo es el de la rusticidad. Todo quiere asemejarse a algo superior y delicado -las puertas, los trajes, hasta los ingeniosos pupitres- pero no pueden disimular su origen rustico y de poca calidad, los meritos para lograr estas texturas se deben a los excelentes trabajos de Verónica Gilotaux en el diseño escenográfico (bienvenido un aire “kantoriano”), y de Guadalupe Rodríguez Catón en el diseño de vestuario.
Es muy delicado y de una distinguida belleza plástica el diseño de luces de Lucas Olmedo y Verónica Gilotaux.
Las actuaciones de Eugenio Schcolnicov, Gustavo Detta y Alfonso Barón son muy buenas, logran exponer con claridad el interior de sus personajes, a eso hay que sumarle un manejo corporal estupendo. Carlos Núñez realiza un festival de matices y texturas para delinear con claridad su cambiante personaje. Guadalupe Rodríguez Catón llega a transmitir el resquebrajamiento de un tiempo ya ido, y al niño Nahuel Cárdenas – en una difícil tarea- va tomando confianza a medida que transcurre la pieza.
Mención aparte para el músico y actor Ariel Obregón, su mascara y los climas que crea desde su contrabajo son un punto altísimo; merito también de la dirección por la artística forma de incorporarlo en las escenas.
La sonrisa de los siervos es una obra de un alto valor estético, con un variado menú de temas para reflexionar.


Gabriel Peralta

Crítica "Revista Imperio"

teatro // la sonrisa de los siervos, de Lucas Olmedo

En medio de una nube gris que no se disipa, producto de la erupción de un volcán, llega Juan Pablo –quien dejó su familia acomodada y poco grata– para internarse como alumno en la Escuela de Aprendices de Sirvientes que dirigen los hermanos Walser, otrora distinguida, hoy opacada por otra institución que también forma en el arte de la servidumbre siguiendo los mismos métodos, pero que admite mujeres en su estudiantado.
Este sombrío relato, rico en despertar incomodidades e interrogantes, acrecienta su cerrazón gracias a una excelente escenografía diseñada por Verónica Gilotaux, al muy adecuado vestuario –labor de Guadalupe Rodríguez Catón– y, por supuesto, al afinado trabajo del elenco formado por Ariel Obregón, Carlos Núñez, Maia Rubinsztejn, Nahuel Cárdenas (una promesa de once años de edad), Gustavo Detta, Alfonso Barón y Eugenio Schcolnicov, estos tres últimos desarrollando sus personajes (los alumnos) en una infinidad de recursos utilizados con suficiente precisión, indudable mérito del trabajo de dirección de Lucas Olmedo, responsable también de la dramaturgia, creada a partir de la literatura de Robert Walser.

Lucho Bordegaray


Crítica "TELAM"

“La sonrisa de los siervos”, grata sorpresa del off

La obra basada en textos de Robert Walser es una acabada muestra de efectividad escénica desde la dirección, la planta escenográfica y un elenco juvenil que se luce con recursos más que legítimos. Se puede ver en el Espacio Urbano Acevedo, los jueves a las 21:30.

Por Héctor Puyo

La obra "La sonrisa de los siervos", adaptación de Lucas Olmedo de textos de Robert Walser, es una acabada muestra de efectividad escénica desde la dirección, la planta escenográfica y un elenco juvenil que se luce con recursos más que legítimos.

La pieza, que dirige el propio Olmedo, traslada a la provincia de Mendoza lo que cuenta Walser (1878-1956), nacido en Suiza y muerto cerca de la clínica psiquiátrica que habitaba por propia voluntad, sobre lo ocurrido en una escuela de servidumbre en Europa central.

En un ámbito dieciochesco donde se supone que una nube gris se ha posado después de la erupción de un volcán, un aspirante a alumno (Eugenio Schcolnicov) ingresa al colegio de un tal Robert Walser (Carlos Núñez), alter ego del autor original.

Allí conocerá los rigores de su profesor -formador de sirvientes cuya función será eliminar su personalidad para contentar a un eventual amo- y a dos condiscípulos de opuesto pensamiento.

Hay uno que coincide a veces con su rebeldía (Gustavo Detta) y otro más oscuro y de apariencia sumisa (Alfonso Barón), cuya huida coincidirá con un vuelco en la acción, en la que las cosas ya no serán como antes.

Es que a la escuela de Walser le ha salido una competencia. Un ex alumno fundó una institución similar en la que existe un complemento que allí no hay: la presencia femenina, algo que la hermana de Walser (Guadalupe Rodríguez Catón) apenas remeda con su abúlica existencia.

Lo que impresiona del trabajo del director y adaptador Olmedo -mendocino, 28 años- es, además de un manejo de actores impecable con toques de un hiperrealismo que sorprende, es el clima casi onírico que logra desde el comienzo.

Con un criterio de planta que recuerda al Cricot 2 del polaco Tadeus Kantor, que sacudió la escena argentina en sus visitas a fines de los 80, el joven director usa la escenografía de Verónica Gilotaux casi al filo del protagonismo.

Por su edad no es probable que Olmedo haya visto aquellos impactantes espectáculos -"La clase muerta" y "Wielopole, Wielopole"- pero quizá los conoció por videos u otros medios, pero lo cierto es que las maderas envejecidas que dan color al espectáculo delatan esa raigambre.

También se nota en las acciones repetidas, que en otros casos se han usado arbitrariamente, y aquí lucen acertadas sobre todo por la plasticidad de los intérpretes, incluido un niño (Nahuel Cárdenas), testigo del drama de los mayores y futuro involucrado.

Por fortuna el chico es sólo eso y no participa de ninguna ceremonia de humillación -como pasaría en "El joven Torless", de Robert Musil, con un ámbito de claustrofobia parecido-, pero el sesgo sombrío hace temer inesperadas situaciones.

En un elenco casi sin fisuras se destaca la labor de Schcolnicov como el abúlico y al mismo tiempo rebelde alumno de la casa y no son menores los trabajos de Detta y Carlos Núñez, quien aporta a su máscara destellos inquietantes.

La suma de aciertos de "La sonrisa..." se completa con el contrabajista Ariel Obregón, quien sabe imprimir los tonos bajos que acentúan lo ominoso del conjunto, que refuerza la idea de que la sumisión al amo sólo se combate con la violencia del final.




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